La Inmaculada Concepción en la Catedral de Ávila

La Inmaculada Concepción en la Catedral de Ávila

Tota pulchra es amica mea, et macula non est in te”

            El día 8 de diciembre de cada año la Iglesia celebra la festividad mariana de la Inmaculada Concepción, “La Purísima”. Pero, antes de adentrarnos en la representación artística de este dogma en la Seo Abulense, comenzaremos aclarando qué es la Inmaculada Concepción. ¿En qué consiste este dogma de fe de la religión católica?

               Resumidamente relataremos que esta creencia, mediante la cual la Virgen María fue preservada del pecado original desde el instante de su concepción por la gracia de Dios Padre, hunde sus raíces primitivas en los primeros siglos del Cristianismo, aunque con escasas referencias y sólo en contados autores; si bien, no será hasta el siglo XVII cuando, en la España del Siglo de Oro y de la Contrarreforma, en general, y en determinadas ciudades en particular (Salamanca, Granada, Sevilla…), un movimiento de fuerte carácter popular demande activamente el reconocimiento de esta creencia canónicamente en el seno de la Iglesia. Así, se suceden diversos episodios históricos protagonizados por distintas instituciones religiosas y seglares (cofradías, universidades, concejos…e incluso órdenes religiosas como los Franciscanos, contribuyeron a la difusión inmaculista) jurando defender, con la sangre y la vida, esta piadosa creencia por la cual la Virgen Santísima fue concebida sin mancha de pecado original. La oración mariana por excelencia, el Ave María, proclama “llena eres de gracia”, ya que por dicha gracia a la Virgen, Dios Padre libró a Jesucristo, su Hijo, de heredar la mancha de pecado original de los primeros padres, Adán y Eva.

Numerosos monarcas españoles se declararon devotos y afectos a esta pía creencia, como Fernando III el Santo, Carlos V, Felipe II o Carlos III, quien, ya en el siglo XVIII, quiso que “la Purísima” fuese proclamada patrona de todos los estados hispánicos.

          Durante las décadas siguientes, no fueron escasos los debates teológicos entre aquellos que defendían dicha creencia mariana (inmaculistas) y aquellos otros que ponían en entredicho su veracidad (maculistas). Finalmente, Su Santidad Pio IX, en 1854, tras consultar a un gran número de obispos y doctores en teología, elevó la creencia a dogma de la Fe Católica con la bula Ineffabilis Deus, estableciendo su celebración el día 8 de diciembre (aunque, ciertamente, en los territorios hispánicos se celebraba ya en este día desde mediados del siglo XVII, siendo declarada fiesta de guardar en 1708 por el papa Clemente XI).

          Desde entonces y hasta hoy, el color azul celeste se ha erigido en símbolo de identidad de la liturgia de esta fiesta tan señalada, dejando constancia de la defensa del dogma de la Inmaculada que, tradicionalmente, hizo España, en la que a lo largo de los siglos se forja una esmerada tradición de la representación de la Inmaculada. Tanto es así, que los artistas del momento (pintores como Zurbarán, Velázquez, Murillo, Valdés Leal y escultores de renombre como Alonso Cano, Montañés, Gregorio Fernández o Mateo Sedano) hicieron de él un tema de los más representados, diferenciándose de otros países (en los que esta temática era infrecuente) y aprovechando el mismo para exponer su maestría, el alcance de sus facultades técnicas y su genio creativo, sin olvidar que la representación de la Virgen sin Pecado también supuso al mismo tiempo la plasmación del canon de belleza ideal femenino de la época.

        Aunque es en las iglesias y catedrales del sur donde más se prodiga esta iconografía (por haber sido rematadas en plena ebullición concepcionista), es prácticamente imposible no encontrar en el panorama catedralicio español una catedral donde dicha representación no tenga varios ejemplos. Veamos los más significativos que se hallan en la de Ávila.

Capilla de la Inmaculada

      El retablo central ostenta una pintura de la Inmaculada, de amplios y voluminosos plegados, en la que predominan los tonos fríos. El rostro de la Virgen es apacible y de facciones suaves, delicadas, el cual se aprecia a través de un marco de plata con forma de rocalla, perteneciente al altar del Monumento, situado ante el retablo. La traza renacentista de la capilla se deja notar en su acusado clasicismo y en la bóveda de casetones y molduras, levantada ya en el siglo XVI, por lo que no guarda relación estilística con las bóvedas centrales y laterales.

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María, “Nueva Eva”.

      Óleo sobre tabla, centra la escena principal de este retablo situado en el crucero, en la capilla de San Pedro; es de escasas proporciones, romanista, propio del siglo XVI, donde se recuperan las líneas clásicas de la antigüedad grecolatina mostrando una serie de escenas repartidas entre cuerpos y calles rectangulares, de acusada temática martirial.

La iconografía, es decir, el modo de representar a la Inmaculada Concepción, es el culmen de una larga tradición artística que se consagra, se “canoniza”, entre los artistas a lo largo de los siglos XVI y XVII, como resultado de la conjugación fundamentalmente de los relatos apocalípticos y la pureza de los colores blanco y azul. Ya Francisco Pacheco teorizaba sobre ello cuando recomendaba representar a la Virgen “en la flor de la edad, como de unos doce años…”. María es vista como la nueva Eva, la que con el fruto de su vientre, Jesús, permite al género humano la reconciliación con Dios y el establecimiento de la comunicación con Él, rota desde el pecado de Adán y Eva. Aunque esta representación no reproduce de forma tradicional la iconografía, bien es cierto que en ella se puede observar el trasfondo del mensaje reconciliador que la creencia pretende transmitir.

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Inmaculadas de la Capilla del Cardenal

     Situada en una de las vitrinas de la Capilla del Cardenal, en el Museo Catedralicio, se encuentra una escultura de tamaño algo inferior al académico, de autor anónimo y probablemente realizada a caballo entre el siglo XVI y el XVII, como deducimos de su estatismo ajeno al movimiento convulso propio de la plenitud del barroco. El cuerpo de la imagen llama la atención por la rica decoración estofada de las vestiduras, la delicadeza del rostro de la Virgen y la minuciosidad del tallado de los cabellos.

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      Muy cerca se encuentra otra imagen realizada en marfil en el siglo XVI, que destaca por el detallismo de su ejecución y la minuciosidad de las líneas, ya que su estatura apenas alcanza los diez centímetros.

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Virgen de los Ángeles.

      Realizada en el siglo XVI, no se trata de una representación de la Inmaculada clásica, al uso, sino de una Virgen glorificada entre los ángeles que la veneran como reina de cielos y tierra. Si bien, es notable la influencia de la tradición representativa de la pureza de María en los pliegues y en las caídas de la vestimenta, además de la media luna bajo sus pies, resaltando los tonos azules que cubren a la Virgen en un conjunto realizado en óleo sobre tabla.

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Retablo e Imagen de la Purísima de la Sala Capitular.

       Es quizá sin duda el rincón catedralicio que muestra el más genuino ambiente inmaculista de inicios del siglo XVIII, tanto por la representación de la imagen de la Virgen (ya fruto de una tradición asentada y extendida entre los artistas y entre las estampas devotas de los fieles), como en el delicado retablo dorado de estilo barroco que la alberga en su interior, de exquisito gusto a pesar de sus reducidas dimensiones. Aunque en su día la estancia hizo las veces de Sala Capitular (para reunión de los miembros del Cabildo –canónigos-), en la actualidad constituye una de las salas del Museo, en la que se expone una rica y valiosa colección de vestimentas litúrgicas, entre otras obras de arte.

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       Terminamos este breve artículo con unos versos del poeta Miguel Cid (1550-1615), testimonio fehaciente de una época decisiva para la proclamación del Dogma, y que muestra de una forma creativa y directa el papel de la exaltación popular en la consecución del mismo:

aunque no quiera Molina,

ni los frailes de Regina,

ni su Padre Provincial,

la Virgen fue concebida sin pecado original”



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